En un despacho lúgubre, oscuro, iluminado bajo la tenue luz de un flexo, está sentado José Luís Granados, Doctor en Psiquiatría. Sólo una pequeña parte del despacho queda a la vista, se puede intuir un sillón, donde está sentado Granados, y justo en frente del mismo, otro sillón de aspecto más cómodo pero más bajo.

El Doctor es un hombre de 40 años, que hace algún tiempo tuvo más pelo y que tiene un aspecto afable pero cansado,  el aspecto de esas personas que parecen cansadas por el mero hecho de pensar en todo lo que les queda por hacer.

 Repasa casi mecánicamente unos papeles colocados cuidadosamente en una carpeta de color azul oscuro, mientras le viene a la mente el pensamiento de un antílope, cansando porque  lleva todo el día caminando por la sabana orgulloso por haber sobrevivido un día más allí, pero con la inefable sensación de que hay un depredador cerca que lo está observando.

Al Doctor le gusta trabajar con poca luz, piensa que ese hecho le hace concentrarse más, aunque en su interior sabe que no es cierto,  que es una simple manía derivada de su trastorno obsesivo – compulsivo, manía acompañada por un pestañeo constante y un tic, que cree bajo control, consistente en un movimiento poco perceptible de su dedo índice.

Ha tratado a muchos pacientes en su carrera pero hoy la sensación que le invade es distinta. No está a gusto.

 -¿Puede ser miedo?- se pregunta.

 Quiere irse a casa, pero no puede. Mientras tiene ese último pensamiento, suena la puerta.

 Acaba de llegar el último paciente del día. ¿Será este el depredador que le está observando?

 Dos golpes seguidos. Al cabo de un segundo, otro golpe.

 – Doctor: Adelante.

 La puerta se abre. Entra un chico de unos 25 años, su mirada es abstracta, vacía, como si no supiera qué hace en ese lugar.

 – Doctor: Pasa Alejandro, siéntate.

 El chico, que sigue abstraído, hace caso omiso a su interlocutor y se queda mirando la puerta cerrada tras de sí.

 – Doctor: Alejandro -dice subiendo un poco el tono.

 El chico se sobresalta suavemente y mira al doctor.

 – Doctor: Siéntate, por favor -señalando la silla que tiene en frente.

 El chico se sienta en la silla que está en frente de la del doctor. Se intenta acomodar.

 – Doctor: Bueno, Alejandro, ¿cómo estás?

– Alejandro: Bien, -dice el chico abstraído, no pareciendo muy atento a su interlocutor.

– Doctor: Me alegro, me alegro. ¿sabes por qué estás aquí?

– Alejandro: Porque quieren meterme en la cárcel, -dice el chico, de una manera y un tono un tanto infantiles para su edad.

 En este punto el Doctor, al que no le gusta juzgar a sus pacientes por sus informes previos, más allá de los detalles obvios, entiende que Alejandro tiene un tipo de retraso. Su habla no coincide con su edad, de sus gestos y de su manera de moverse se adivina que no es una manera estándar de movimiento para un chico de 25 años.Sus movimientos son torpes. Todas estas reflexiones son las que apunta el doctor en su libreta.

 – Doctor: ¿Ah, sí? Y ¿por qué?

– Alejandro: Dicen que he hecho daño a dos personas.

– Doctor: ¿Y es verdad?, ¿hiciste daño a dos personas?

– Alejandro: ¡Yo no he hecho daño! ¡Yo no hago daño! -Elevando la voz y de manera repetitiva.

– Doctor: Tranquilo Alejandro, tranquilo. Yo soy tu amigo.

 Alejandro parece calmarse.

 – Doctor: Mira, te voy a explicar por qué estás aquí. Según la policía, has hecho daño a dos personas…

 Alejandro se empieza a agitar otra vez, comienza a moverse en su asiento.

 – Doctor: Pero… Pero -dice el Doctor intentando tranquilizar al chico-. Aquí, a mi consulta, te ha mandado el juez. El juez ha pedido un informe psiquiátrico. ¿Sabes qué es eso?

– Alejandro: No.

– Doctor: Pues un informe psiquiátrico se hace para saber qué impulsa a las personas a hacer lo que hacen y si son, o no, responsables de sus actos. Para eso, el juez me llama a mí. Yo hablo con esa persona un ratito y le digo al juez de qué hemos hablado. Y luego el juez emite una sentencia.

– Alejandro: Si hablo con usted, ¿me dejarán irme a mi casa?

– Doctor: No,-dice el doctor con una media sonrisa-. Hablas conmigo para que el juez entienda tu comportamiento.

– Alejandro: Yo soy una buena persona.

– Doctor: ¿Sí?, ¿por qué crees eso?

– Alejandro: Yo cuido a mi madre, bajo a comprar y cargo con lo que más pesa.

– Doctor: Eso está muy bien Alejandro. ¿Cómo se llama tu madre?

– Alejandro: Amparo.

– Doctor: Amparo, es un nombre muy bonito. ¿Y tienes más familia aparte de tu madre?

– Alejandro: No.

– Doctor: En estos papeles que me ha dado el señor juez pone que tienes una hermana.

– Alejandro: ¡No tengo hermana!, ¡no tengo hermana! -Dice Alejandro gritando.

– Doctor: Vale, vale, tranquilo. Tranquilo.

 Alejandro se tranquiliza un poco, pero sigue agitado.

 – Doctor: Mira, tienes que entender una cosa, a mí el juez me ha dado estos papeles, que dicen sólo por lo que se te está juzgando, y nada más. No sé nada de ti, aparte de lo que presuntamente se te imputa. Así que cálmate y dime, ¿por qué aquí pone que tienes una hermana y tú me dices que no tienes? Dímelo tranquilo.

– Alejandro: Yo tuve una hermana.

– Doctor: ¿Murió?

– Alejandro: Sí.

– Doctor: Vaya Alejandro, lo siento mucho. ¿Qué le pasó?

– Alejandro: Se fue una noche a bailar, y ya no volvió.

– Doctor: Vaya, ¿y sabes qué le pasó?

– Alejandro: Mi madre no me cuenta esas cosas. Se cree que estoy tonto.

– Doctor: ¿Y tú que crees que le pasó?

– Alejandro: Creo que le hicieron daño.

– Doctor: Ya veo, ya veo.

 El doctor, casi con cada frase del chico, apunta algo en su libreta.

 – Doctor: Alejandro, ¿sabes por qué se te está juzgando?

– Alejandro: Porque dicen que hice daño.

– Doctor: Así es. ¿Hiciste daño a alguien?

– Alejandro: No, yo… No hice nada malo.

– Doctor: Alejandro, -dice con voz calmada pero subiéndola progresivamente-. ¿Vas a dejar de tratarme como un imbécil de una puta vez? -acaba gritando.

– Alejandro: ¿Por qué me dice eso? -Dice el chico amedrantado y apabullado por el tono de voz del doctor.

– Doctor: ¿Crees que yo, un doctor en psicología con 15 años de experiencia en peritaje criminal, me voy a tragar las gilipolleces de un chiquillo que cree que puede engañarme? ¡Me estás insultando! ¡Estás insultando mi inteligencia!

– Alejandro: Yo no…

– Doctor: ¿Tú no qué? ¡Estás aquí porque has matado a dos personas, chico! ¿Te enteras? Estás muy jodido.

– Alejandro: Yo no quería hacer daño a nadie. Esa gente, esa gente era gente mala.

– Doctor: ¿Gente mala? ¿Y quién eres tú para juzgar a las personas? ¿Quién eres tú para decir quiénes son buenos y quiénes son malos?

 Llegados a este momento el ambiente dentro de la sala es muy apabullante, el doctor está avasallando y presionando al chico intentando que este deje de fingir su retraso y se muestre tal como es, pero en ese momento el chico sorprende al doctor con una revelación que hará plantearse todo lo que han hablado y todo lo que van a hablar.

 – Alejandro: ¡Ellos fueron los que hicieron daño a mi hermana!

 La sala queda en silencio. Esa confesión deja al doctor anonadado, descolocado y sin argumentos para seguir la conversación. El chico ha comenzado a llorar. Un silencio que cada vez se apodera más de la situación se sigue prolongando en el tiempo, hasta que el doctor consigue articular palabra.

 – Doctor: Alejandro…

– Alejandro: ¿Qué hubiera hecho usted? Yo sabía quiénes eran, sabía lo que le habían hecho a mi hermana. Ellos me lo dijeron.

– Doctor: ¿Cómo?

– Alejandro: Ellos me dijeron lo que le habían hecho.

– Doctor: ¿Cómo llegaste hasta ellos?

– Alejandro: No lo sé.

– Doctor: Alejandro, te lo dijo tu madre, ¿verdad?

– Alejandro: No lo sé, -dice Alejandro confundido.

 Se vuelven a quedar en silencio.

 – Doctor: Alejandro, todos cometemos errores

– Alejandro: ¿Sí?

– Doctor: Sí.

– Alejandro: ¿Usted también?

– Doctor: Claro, todos.

– Alejandro: ¿Cree usted que hice algo malo?

– Doctor: Objetivamente, hiciste una cosa muy mala, la peor que se puede hacer.

– Alejandro: ¿Objetivamente?

– Doctor: Sí. Quiere decir que según la ley, hiciste una cosa muy mala.

– Alejandro: ¿Y según usted?

– Doctor: Creo… -dice el doctor intentando medir mucho sus palabras- Que de alguna manera, lo que has hecho puede llegar a entenderse.

– Alejandro: ¿Usted cree?

– Doctor: En cierta manera, lo que esas personas le hicieron a tu hermana, provocó lo que tú les hiciste a ellos. No digo que esté bien lo que has hecho. Digo que se puede llegar a entender.

– Alejandro: Ellos le hicieron mucho daño. Cuando les pregunté me dijeron todo lo que le hicieron. Se rieron de mí.

– Doctor: ¿Quieres hablar de lo que le hicieron?

– Alejandro: No.

– Doctor: Está bien.

 Vuelven a quedarse en silencio.

 – Doctor: Aparte de lo que le hicieron a tu hermana, ¿te contaron algo más?, ¿algo que me puedas contar?

– Alejandro: Sí, me dijeron que ellos dos no estuvieron solos. Me dijeron que había otra persona.

– Doctor: ¿Cómo?, ¿otra persona? Alejandro, ¿esto se lo has dicho al juez?

– Alejandro: No, el juez quiere meterme en la cárcel.

– Doctor: Alejandro esto es una cosa muy importante, creo que tendrías que decírselo al juez. Tenemos que llamarle.

– Alejandro: No quiero llamarle. ¿Quiere llamarle usted?

 Se quedan en silencio, el doctor parece agitado, se mueve en su silla.

 – Doctor: Alejandro, ¿por qué has venido aquí?

– Alejandro: Usted me lo ha dicho. Me ha mandado el juez.

– Doctor: Ya, ya. Pero, ¿por qué tu abogado me ha elegido a mí como perito? Hay muchos psicólogos en esta ciudad. ¿Lo sabes?

– Alejandro: Lo sé. -Alejandro cambia totalmente su tono, se sienta hacia delante en su silla y de manera calmada y directa se dirige al doctor- . Pero sólo uno que haya matado a una chica de 17 años después de violarla.

 Alejandro ha cambiado totalmente su manera de estar en la consulta, ahora la consulta le pertenece, su seguridad de que todo ha salido como esperaba ha inundado la sala, que ya es suya y, por ende, todo lo que hay en ella le pertenece. Todo.

– Doctor: Alejandro, no sé a qué te refieres. Voy a llamar a mi secretaria para preguntarle una cosa y  vengo enseguida.

El doctor se incorpora y va hacia la puerta andando como se ve andar a los corredores de marcha olímpica. Cuando llega a la puerta intenta abrirla pero está cerrada. Alejandro la ha cerrado con llave cuando, nada más entrar, se quedó mirando la puerta.

 – Alejandro: No se va a abrir.

– Doctor: ¡Socorro!, ¡socorro!

– Alejandro: No hay nadie, doctor. Se han ido a casa.

 El doctor, consciente por primera vez de todo lo que le rodea, queda petrificado. Gira sobre sus talones con el gesto desencajado. Su interlocutor, tranquilo y sosegado, sigue sentado. Granados camina hacia su asiento.

 – Alejandro: Espere, siéntese usted aquí. Estará más cómodo.

 Granados obedece y cambia el sitio con su interlocutor. Los dos quedan mirándose a los ojos. A los 10 segundos, el Doctor hace un gesto, como si fuera ha hablar, pero el chico le interrumpe.

 – Alejandro: ¿Cómo?, ¿por qué ahora? No se preocupe, se lo voy a contar. Cuando esos dos animales abusaron y mataron a mi hermana fue porque la encontraron tirada en un callejón, hecha una basura. No les culpo a ellos, eran unos drogadictos, pero aun así tuvieron que pagar. Y cuál fue mi sorpresa cuando uno ellos, el más joven, me contó como vio el acto de abuso de un hombre a esa misma chica minutos antes. Me contó cómo le había pegado y lo que le había hecho. Sírvase una copa.

 El Doctor se levanta y pone dos copas.

 – Yo no bebo- dice el joven-.

 El doctor se apresura a dejar la segunda copa en una mesa que parece haber en la oscuridad

 – Alejandro: Espere, no la tire, déjesela cerca. La va a necesitar.

 El joven prosigue con su explicación.

 – Aquellos dos drogadictos fueron a acabar su trabajo, pero lo que parecía una cosa fácil se complicó y, bueno, ya sabemos cómo acabó todo.

 Granados da un sorbo a su copa.

 – Yo… Había bebido, había bebido mucho y ella, ella quería, te juro que quería, pero al final se echó atrás y… -Dice el doctor al borde del sollozo con palabras entrecortadas.

– ¿Me está usted queriendo decir que ella se lo buscó? ¿Es esa la defensa que ha elegido? Vamos, es usted psiquiatra, puede hacerlo mejor.

– Fue hace mucho tiempo, he cambiado, lo he superado.

– Yo no.

 Se hace un silencio.

 – Doctor:¿Por qué no dijo nada en el juicio o a la policía? ¿Cuándo se enteró?

 – Como bien sabe, los asesinos de mi hermana salieron de la cárcel recientemente, le digo como usted sabe porque fue usted quién firmó una gran y encarecida recomendación para la  autorización de libertad condicional. Imagínese cuál fue mi sorpresa cuando me encontré a los asesinos de mi hermana en un bar, tomando algo alegremente. -Explica el joven, de manera tranquila y clara, sin alzar la voz.

– De lo que pasó en el callejón hace 12 años, yo no creía que…

– ¿Que le fueran a pillar? Yo sabía lo que tenía que hacer con ellos y fue lo que hice, puede considerarse moral o no, pero sinceramente doctor, me da igual. Pero cuando estaba a punto de acabar, y créame doctor, compartí un buen rato con ellos, el más joven me dijo que un hombre les pagaba dinero por no delatarle y, claro, yo le pregunté ¿Pagar dinero por qué? Y fue cuando me contó que  ellos estaban pagando por un asesinato y una violación, pero me juraba que ellos le dieron con un palo en la cabeza, que se les fue de las manos, pero que no la forzaron, que la violó otro hombre, y que ese hombre les pagaba mensualmente una cantidad para que se callaran. Cuando acabé, y créame, acabé bien, sólo tuve que seguir el dinero de la cuenta de los dos yonkis, hasta…

– Mí.

– Exacto.

 Se hace un silencio, al Doctor le empiezan a cuadrar los acontecimientos como las piezas de un puzzle. Pero no quedando del todo satisfecho con el comportamiento de su paciente, pregunta:

 –  Su abogado no recomendó mis servicios en el juicio,¿ verdad?

– Alejandro: No.

– El juez sabe que está aquí. Todo el mundo sabrá lo que ha hecho.

– ¿Quién le ha dicho a usted que me están juzgando por algo?

– Los… Los papeles…

– Sólo el escritor es dueño de lo que escribe doctor.

– No entiendo.

– No hay ningún juicio doctor. Usted ha recibido los papeles que yo le he enviado. He tenido un año desde que supe quién era usted para preparar esto. Le he observado, le he estudiado, se más de su vida que usted mismo. ¿Cree usted que alguien sabe que estamos aquí usted y yo? ¿De verdad piensa que hay alguna posibilidad de que esto no salga como yo quiero?

– ¿Y cómo quiere que salga?

– No se preocupe, lo verá enseguida.

– No le tengo miedo a la muerte, como venimos nos vamos. Es ley de vida -Granados da un sorbo largo a su copa.

– Pondré su afirmación a prueba esta noche. ¿Cómo está su copa?

 El doctor mira su copa vacía, sabe que algo no anda como debiera en su cuerpo y es consciente, por primera vez, de que está perdido.

 – ¿Qué has hecho?

– ¿Cómo doctor?, – dice el joven levantándose de su asiento-, ¿usted sabrá lo que es la Escopolamina?

– Sí

– Pues eso es lo que llevaba su copa, Escopolamina. Una dosis óptima, por supuesto. La sensación de hormigueo que siente en sus extremidades acabará enseguida, eso dará paso a una parálisis y, aquí viene lo bueno, usted seguirá sintiendo lo que yo tenga a bien hacerle.

– Estás loco, estás loco.

– Puede pero, bueno, al fin y al cabo estoy en el lugar correcto. ¿No cree?

 El joven se acerca lentamente al flexo y lo apaga, dejando el lugar sumido en una total oscuridad. Con el lugar recubierto de una total opacidad se escucha:

 – Todo crimen tiene su castigo doctor, y el suyo… El suyo comienza ahora.

 

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